(je suis mon rêve (yo soy mi sueño?))
Generalmente sólo visito estos enlaces y los re-difundo por correo, pero hoy quiero "apropiarme" un poco de la sensibilidad que, en "Je suis mon êve", el autor Marco Ugolini demuestra al mundo.
Píxeles solitarios recorriendo la ciudad, Animales en peligro de extinción visibilizados justamente sobre aquello que los extingue, los hábitos y preferencias alimentarias puestas en duda ante el capitalismo y su intrusiva publicidad o la especial delicadeza con la que trata temas como la discriminación son sólo pequeños ejemplos de su particular forma de ver el mundo, así como de las actividades que desempeñan con la intención de modificarlo.
Tan variadas actividades con tal intención no sólo ponen de manifiesto otras sensibilidades, sino que también animan, al menos en mi caso, a seguir adelante con los proyectos propios, con el día a día, con la lucha de cada uno en su ámbito personal, a sabiendas de que, al menos en alguna parte, alguien más lucha por cambiar cosas feas para hacerlas bonitas.
No os lo perdáis, revisad su web, exploradla, bebedla, en fin, disfrutad del detalle de tan curioso personaje, desde aquí, mil gracias!
Embarrando el tono
Si desde aquí no le saco punta a la vida, es que hoy no me apetecía...
jueves, 1 de marzo de 2012
jueves, 2 de febrero de 2012
Derramando mierda
Hoy el tiempo pierde el tiempo,
la carrera queda rezagada,
el escote del mañana asoma constreñido
en el corpiño descarado
del trueque automatizado.
Las barreras del idioma
barridas en la distancia
por el más duro axioma
del color de las finanzas,
mientras la izquierda
busca en su alma
la certeza la calma.
la carrera queda rezagada,
el escote del mañana asoma constreñido
en el corpiño descarado
del trueque automatizado.
Las barreras del idioma
barridas en la distancia
por el más duro axioma
del color de las finanzas,
mientras la izquierda
busca en su alma
la certeza la calma.
jueves, 5 de enero de 2012
Sin perder la compostura...
Vayamos por partes pues... ¿Para qué expresarse?
No hay vejez sin miedo
ni miedo sin dolor
pero el dolor que veo
nunca se debe al color.
No hay tiempo que pase sólo
sin la ayuda del crono
y para cuando retomo
ya hace tiempo que caducó todo...
Al correr puedo sentir el viento en mi cara
al llorar las lágrimas mojan lo que el viento enfriara
no es por reir que la piel se arrugará
sino por envejecer y endurecer la mirada.
No hay vejez sin miedo
ni miedo sin dolor
pero el dolor que veo
nunca se debe al color.
No hay tiempo que pase sólo
sin la ayuda del crono
y para cuando retomo
ya hace tiempo que caducó todo...
Al correr puedo sentir el viento en mi cara
al llorar las lágrimas mojan lo que el viento enfriara
no es por reir que la piel se arrugará
sino por envejecer y endurecer la mirada.
martes, 8 de noviembre de 2011
hablar por hablar...
El comercio con los datos personales es una realidad encubierta en estos momentos. Saber qué personas están haciendo qué con nuestros datos personales, conocer qué informes complementan nuestra información íntima es, si no imposible, ímproba tarea, digna de un Hércules del siglo XXI pues, tal y como fluyen, aparecen y desaparecen empresas destinadas a la gestión y procesamiento de la información en redes sociales, nuestros datos pululan por gráficas y empresas de datamining que los procesan, pasando a formar parte de ese ingente volumen de datos que crece de manera exponencial desde que el procesamiento digital permite el apilamiento de miles y miles de documentos en pequeños receptáculos de menor tamaño que un libro de papel (y generalmente con mucha menos información real).
Esta situación se nutre, sobre todo, del desconocimiento general respecto de la red de redes y cómo nuestra información fluye por ellas, alimentando un comportamiento compulsivo que fuerza a cualquier creador de un sitio web a solicitar a los usuarios una batería de datos personales para quién sabe qué extraño propósito.
Esta situación, que se reproduce como un virus por toda la red, tiene su fulcro, actualmente, en la proliferación de "gadgets" que nos permiten integrar todas nuestras redes sociales en una única facilidad desde la que administrar nuestra información personal y demás. Son, por supuesto, una especialización de estos servicios de minería de datos, entre los que se mezcla la sencillez de llevar a cabo esa gestión integral de nuestra información personal en la red con el más estricto análisis y vulneración (por supuesto, este es el objetivo) de nuestra propia información personal por parte de quien nos ofrece el servicio. Generalmente estos servicios se basan en facilitar al mismo nuestros datos de acceso al correo y estos servicios se encargarán automáticamente de leer nuestros contactos y notificarles nuestra nueva inclusión en una red social o facilidad de este tipo, con el beneficio añadido (para el que ofrece el servicio) de disponer, gracias a este nuevo usuario, de una batería adicional de correos electrónicos a los que "pulir" a base de spam hasta conseguir tenerlos incluídos (o no) en su red social, de cualquier manera, le proporciona al proveedor de servicio, de nuevos datos que utilizar para cruzar en sus análisis de comportamientos de usuarios.
Para poner un ejemplo, es como si, un día cualquiera, le facilitásemos al vendedor de congelados a domicilio, una llave para que revise él mismo nuestro correo y tome las direcciones de las personas con las que nos carteamos para que les mande campañas publicitarias, con el problema añadido de que no sabemos qué hará el dueño de la empresa de congelados cuando abra nuestro buzón, es posible que incluso se dedique a leer nuestras cartas. ¿os gustaría que alguien hiciese eso con vosotros?
Esta situación se nutre, sobre todo, del desconocimiento general respecto de la red de redes y cómo nuestra información fluye por ellas, alimentando un comportamiento compulsivo que fuerza a cualquier creador de un sitio web a solicitar a los usuarios una batería de datos personales para quién sabe qué extraño propósito.
Esta situación, que se reproduce como un virus por toda la red, tiene su fulcro, actualmente, en la proliferación de "gadgets" que nos permiten integrar todas nuestras redes sociales en una única facilidad desde la que administrar nuestra información personal y demás. Son, por supuesto, una especialización de estos servicios de minería de datos, entre los que se mezcla la sencillez de llevar a cabo esa gestión integral de nuestra información personal en la red con el más estricto análisis y vulneración (por supuesto, este es el objetivo) de nuestra propia información personal por parte de quien nos ofrece el servicio. Generalmente estos servicios se basan en facilitar al mismo nuestros datos de acceso al correo y estos servicios se encargarán automáticamente de leer nuestros contactos y notificarles nuestra nueva inclusión en una red social o facilidad de este tipo, con el beneficio añadido (para el que ofrece el servicio) de disponer, gracias a este nuevo usuario, de una batería adicional de correos electrónicos a los que "pulir" a base de spam hasta conseguir tenerlos incluídos (o no) en su red social, de cualquier manera, le proporciona al proveedor de servicio, de nuevos datos que utilizar para cruzar en sus análisis de comportamientos de usuarios.
Para poner un ejemplo, es como si, un día cualquiera, le facilitásemos al vendedor de congelados a domicilio, una llave para que revise él mismo nuestro correo y tome las direcciones de las personas con las que nos carteamos para que les mande campañas publicitarias, con el problema añadido de que no sabemos qué hará el dueño de la empresa de congelados cuando abra nuestro buzón, es posible que incluso se dedique a leer nuestras cartas. ¿os gustaría que alguien hiciese eso con vosotros?
miércoles, 19 de octubre de 2011
personii
Las primeras veces, cada empujón resulta en un nuevo comienzo, un pequeño salto del cerebro que nos regresa a la realidad entre balanceos y trompicones a lo largo de esas ratoneras forradas de azulejos para llegar hasta cada andén. Una vez allí, la espera se traslada a un segundo plano tornando curiosidad por el entorno mientras aportamos nuestra particular versión a los múltiples y ajenos monólogos entre hemisferios cerebrales de ajenos congéneres que ya se encontraban aguardando.
Instantes después, un cambio en un panel o un ya por repetición muy familiar chirriante sonido de metal contra metal nos empuja inevitablemente hacia la línea amarilla que delimita la salida en esa nueva carrera que es entrar al vagón antes que ninguno, antes incluso, de que nadie haya conseguido salir del atascado cajón metálico.
Así y todo, tras tejemanejes, fintas y otros trucos varios, cada cual desarrolla los suyos, un lugar en el vagón simboliza el éxito de nuestra particular batalla por ganar el acceso (o la escapada) del cajón metálico que nos traslada por túneles aún más oscuros que aquellos por los que andamos al adentrarnos en el metro. Curiosamente, en estas personales batallas, quedar más abajo (sentado) suele ser símbolo de un mayor éxito todavía, así que, una idea... ¿no sería el mayor éxito acabar sentado en el suelo?.
Tras incontables repeticiones de este desplazarse por las entrañas de la ciudad, la curiosidad torna costumbre y comenzamos a vestirnos con una cierta película de indiferencia que nos permite ignorar que transitamos el mismo camino que miles de otros seres similares, con simples momentos temporales diferentes, recorrieron, recorren y recorrerán.
Por eso es que me cuesta mucho olvidar aquella tarde que, con los cascos del reproductor de música incrustados en las orejas y la música a un volumen que apenas permitía escuchar los sonidos más elevados fuera de mi burbuja, me colé en el primer vagón del tren que recorría la línea tres y, tras constatar sorprendido que había bastantes sitios vacíos, me apoderé de un trono y tiré de la mochila para pillar el libro. Cuando parecía que iba a ser el comienzo de otro monótono viaje hacia mi destino, el tipo que estaba sentado justo delante mío pareció moverse hacia mi y captó la poca atención que hacia el exterior en esos momentos yo proyectaba. Tras sacarme el auricular del oído, volvió a decir algo, que esta vez sí que pude escuchar. "¿Qué estás escuchando?" inquiría. Sorprendido pero agradado por lo peculiar del asunto, contesté con el título de la canción y el grupo, "Soziedad Alkoholika, la canción de "piedra contra tijera", le dije. "Tienen algunas canciones buenas, me respondió" Y acto seguido se sentó a mi lado y me pidió un auricular. se lo puso en la oreja más lejana y pasamos el resto de mi trayecto charlando sobre la vida en general, tan a gusto que tuve que retornar una o dos estaciones por no querer interrumpir la conversación.
Fue uno de los mejores viajes en metro que he tenido el gusto de hacer.
Instantes después, un cambio en un panel o un ya por repetición muy familiar chirriante sonido de metal contra metal nos empuja inevitablemente hacia la línea amarilla que delimita la salida en esa nueva carrera que es entrar al vagón antes que ninguno, antes incluso, de que nadie haya conseguido salir del atascado cajón metálico.
Así y todo, tras tejemanejes, fintas y otros trucos varios, cada cual desarrolla los suyos, un lugar en el vagón simboliza el éxito de nuestra particular batalla por ganar el acceso (o la escapada) del cajón metálico que nos traslada por túneles aún más oscuros que aquellos por los que andamos al adentrarnos en el metro. Curiosamente, en estas personales batallas, quedar más abajo (sentado) suele ser símbolo de un mayor éxito todavía, así que, una idea... ¿no sería el mayor éxito acabar sentado en el suelo?.
Tras incontables repeticiones de este desplazarse por las entrañas de la ciudad, la curiosidad torna costumbre y comenzamos a vestirnos con una cierta película de indiferencia que nos permite ignorar que transitamos el mismo camino que miles de otros seres similares, con simples momentos temporales diferentes, recorrieron, recorren y recorrerán.
Por eso es que me cuesta mucho olvidar aquella tarde que, con los cascos del reproductor de música incrustados en las orejas y la música a un volumen que apenas permitía escuchar los sonidos más elevados fuera de mi burbuja, me colé en el primer vagón del tren que recorría la línea tres y, tras constatar sorprendido que había bastantes sitios vacíos, me apoderé de un trono y tiré de la mochila para pillar el libro. Cuando parecía que iba a ser el comienzo de otro monótono viaje hacia mi destino, el tipo que estaba sentado justo delante mío pareció moverse hacia mi y captó la poca atención que hacia el exterior en esos momentos yo proyectaba. Tras sacarme el auricular del oído, volvió a decir algo, que esta vez sí que pude escuchar. "¿Qué estás escuchando?" inquiría. Sorprendido pero agradado por lo peculiar del asunto, contesté con el título de la canción y el grupo, "Soziedad Alkoholika, la canción de "piedra contra tijera", le dije. "Tienen algunas canciones buenas, me respondió" Y acto seguido se sentó a mi lado y me pidió un auricular. se lo puso en la oreja más lejana y pasamos el resto de mi trayecto charlando sobre la vida en general, tan a gusto que tuve que retornar una o dos estaciones por no querer interrumpir la conversación.
Fue uno de los mejores viajes en metro que he tenido el gusto de hacer.
jueves, 17 de marzo de 2011
Ayer morían muchas personas como lo hacen todos los días, de viejos, accidentados, suicidados, de inanición, famélicos, por envidias...
Lo repentino de la muerte nos sorprende casi siempre a contrapie, la rigidez propia de la inercia, de la ausencia de vida absoluta. Una piedra mirándonos con los ojos de un muerto, y sin embargo, algo de esa persona parece permanecer observándonos desde la distancia, como protegiendo su ya marchita carne de los posibles atentados que dirigiéramos contra ese templo que es nuestro cuerpo, al menos mientras vivimos...
No debería ser así, la pena debería terminar justo cuando comienza el abandono del cuerpo y dejarnos en paz con nosotros mismos, sin embargo, no es así. Infinitud de pequeñas cosas nos alumbrarán el camino recordándonos esas peculiaridades que avivaban el cuerpo que observamos ahora inerte, pasarán mesas, días, años... Cada uno lleva su tiempo, pero todos nos acostumbramos, de un modo u otro, a la ausencia que provoca la muerte de un ser querido.
Lo repentino de la muerte nos sorprende casi siempre a contrapie, la rigidez propia de la inercia, de la ausencia de vida absoluta. Una piedra mirándonos con los ojos de un muerto, y sin embargo, algo de esa persona parece permanecer observándonos desde la distancia, como protegiendo su ya marchita carne de los posibles atentados que dirigiéramos contra ese templo que es nuestro cuerpo, al menos mientras vivimos...
No debería ser así, la pena debería terminar justo cuando comienza el abandono del cuerpo y dejarnos en paz con nosotros mismos, sin embargo, no es así. Infinitud de pequeñas cosas nos alumbrarán el camino recordándonos esas peculiaridades que avivaban el cuerpo que observamos ahora inerte, pasarán mesas, días, años... Cada uno lleva su tiempo, pero todos nos acostumbramos, de un modo u otro, a la ausencia que provoca la muerte de un ser querido.
miércoles, 16 de marzo de 2011
uno
El título viene después...
Viene después de vomitar toda la mierda, de eliminar la mordaza que nos atenaza los morros y sujeta la lengua; cuando casi no podemos respirar, de pronto, un pequeño agujerito en el centro de la tráquea permite el paso del aire y volvemos a recobrar parte de nuestras fuerzas. En ese momento lo absorbemos todo, hasta la última gota.
La idea y su forma encuentran un punto de inflexión en esos momentos, pareciera que sus mundos se cruzasen, dejando una irrisoria distancia entre lo real y lo imposible, una distancia salvable con un pequeño esfuerzo que nuestra falta de aliento nos impide realizar, y sin embargo, sabemos que estamos tan cerca...
Dejamos un pequeño espacio en nuestro interior reservado para nosotros mismos, allí donde no nos mentimos, y cuando lo visitamos, el remordimiento de saber que hemos rozado la plenitud con la yema de los dedos amenaza con aprisionar nuevamente el aire que respiramos, avisando artero de que no todo en nuestro interior nos pertenece.
Nos debemos a los demás en una parte muy importante de nuestra existencia.
Escribir para uno mismo es como deshojar margaritas sin pensar las posibilidades, es visitar una biblioteca y conformarse con el índice, es cocinar durante días para dejar despues las viandas pudrirse sobre el mantel de una mesa rodeada de nadie, vacía, a la que sólo acudirán el polvo y la inmundicia, es cruel.
Retomo aquí un camino abandonado, una capacidad dormida que, tiempo atrás, rechacé como superflua, sin saber que utilizándola, encauzaría por fin mis pasos hacia el camino que yo mismo tiempo atrás había elegido...
Viene después de vomitar toda la mierda, de eliminar la mordaza que nos atenaza los morros y sujeta la lengua; cuando casi no podemos respirar, de pronto, un pequeño agujerito en el centro de la tráquea permite el paso del aire y volvemos a recobrar parte de nuestras fuerzas. En ese momento lo absorbemos todo, hasta la última gota.
La idea y su forma encuentran un punto de inflexión en esos momentos, pareciera que sus mundos se cruzasen, dejando una irrisoria distancia entre lo real y lo imposible, una distancia salvable con un pequeño esfuerzo que nuestra falta de aliento nos impide realizar, y sin embargo, sabemos que estamos tan cerca...
Dejamos un pequeño espacio en nuestro interior reservado para nosotros mismos, allí donde no nos mentimos, y cuando lo visitamos, el remordimiento de saber que hemos rozado la plenitud con la yema de los dedos amenaza con aprisionar nuevamente el aire que respiramos, avisando artero de que no todo en nuestro interior nos pertenece.
Nos debemos a los demás en una parte muy importante de nuestra existencia.
Escribir para uno mismo es como deshojar margaritas sin pensar las posibilidades, es visitar una biblioteca y conformarse con el índice, es cocinar durante días para dejar despues las viandas pudrirse sobre el mantel de una mesa rodeada de nadie, vacía, a la que sólo acudirán el polvo y la inmundicia, es cruel.
Retomo aquí un camino abandonado, una capacidad dormida que, tiempo atrás, rechacé como superflua, sin saber que utilizándola, encauzaría por fin mis pasos hacia el camino que yo mismo tiempo atrás había elegido...
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